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“Tecnologías transparentes” Imprimir Correo electrónico
Lunes 14 de Enero de 2019

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Si pudiéramos comparar el cerebro de un humano que vivió hace treinta mil años con el de uno contemporáneo, probablemente hallaríamos escasas diferencias a nivel anatómico o fisiológico.

Sin embargo, si comparamos las herramientas prehistóricas con la tecnología que utilizamos en el presente, nos encontraremos con un abismo que solo podemos explicar mediante un largo y paciente catálogo de descubrimientos e inventos, cada uno de los cuales, no solo resolvió un problema acotado en la historia de la adaptación humana —el fuego, la rueda, la escritura— sino que creó un nuevo derrotero para la evolución de la nuestra cultura. Cada nueva generación adoptó los tesoros transmitidos por las generaciones precedentes y extendió sus propias posibilidades creativas a partir de ellos. Nuestra especie se distingue de otros mamíferos sociales ante todo por su capacidad de aprendizaje diferido, es decir, aquel que ocurre en ausencia de estímulos biológicamente inmediatos.

Como individuos nunca estamos solos en este aprendizaje, dependemos a cada momento de experiencias pasadas que jamás hemos vivido; ellas se encuentran contenidas en el folklore popular, en la sabiduría práctica de los proverbios, en la geometría euclidiana y una miríada de expresiones no verbales; demostraciones de afecto, modales y hábitos de comportamiento. Ninguno de estos tesoros es el fruto de una mente aislada, sino de un sistema de cognición distribuido que nos permite reducir la incertidumbre en entornos complejos. ¿Qué sería de nuestra mente sin el andamiaje cognitivo que venimos describiendo?

Olvidamos con facilidad que una herramienta es ante todo, una extensión de la mente. Y quizás es necesario que olvidemos que se trata de herramientas para que nuestra mente alcance el nivel de hibridación necesaria para resolver la clase de problemas que hoy nos apremian. Una tecnología se hace transparente cuando olvidamos que está allí, cuando deviene a tal punto confiable que cualquier tipo de control adicional se considera redundante.

Pero ¿qué sucede cuando por su misma transparencia y omnipresencia, las tecnologías comienzan a limitar nuestro control y participación en la creación de cultura? Cuando un motor de búsqueda predice lo que el usuario buscará, o una aplicación de música, cine o televisión on demand genera automáticamente listas de reproducción de acuerdo a las preferencias del usuario, un algoritmo que opera de manera estadística sobre grandes flujos de información, nos libera del trabajo cognitivo de aprendizaje o refinamiento estético. Si antes confiábamos en la recomendación de un amigo, o dejábamos que una intuición transformara para siempre nuestra vida, hoy confiamos nuestro juicio a las tecnologías omnisapientes.

Lo mismo está ocurriendo simultáneamente en muchos niveles de la cultura. Desde, moverse en la ciudad hasta postular a un trabajo o conseguir una pareja. Las nuevas generaciones, como hemos dicho, serán nativos de estas tecnologías. Pero ¿son estos verdaderos tesoros? ¿extienden o limitan las capacidades innatas de nuestra mente? Se ha dicho que estamos programados para relacionarnos. En efecto, se ha visto que las relaciones humanas cara a cara son un indicador importante en los niveles de salud y felicidad de una persona. Al evaluar los costos y beneficios de nuestras nuevas tecnologías, que en la mayoría de los casos hacen redundante la interacción humana, hacemos mal en imaginarnos que se trata de meras herramientas y que la vida seguirá siendo esencialmente la misma. Son extensiones de nuestra mente y se encuentran hoy transformando, de manera quizá irreversible, nuestra cultura. De nosotros depende orientarlas hacia objetivos que nos hagan más plenamente humanos. Como decía Andy Clark en el 2004, “conócete a ti mismo, conoce tus tecnologías”.

Por José Ignacio Contreras, psicólogo UC

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