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Miércoles 02 de Enero de 2019

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La inteligencia social permite comprender a otros y actuar en relación a otras personas, en forma sabia. Las neuronas espejo juegan un importante rol dentro de las capacidades cognitivas ligadas a la vida social, tales como la empatía y la imitación.

Inteligencia social

Entre los componentes de la inteligencia emocional es posible apreciar una diferencia, mientras el autoconocimiento y la regulación de las emociones están más asociados a la experiencia emocional individual; la empatía y el manejo de las relaciones interpersonales ponen el énfasis en la capacidad para relacionarnos con los demás. Esto puede hacer surgir una confusión conceptual sobre cuáles de las habilidades humanas son sociales y cuáles son emociones propias de la persona.

“Sin embargo, todas las emociones son sociales”, como observa Richard Davidson, director del Laboratorio para la Neurociencia Afectiva, de la Universidad de Wisconsin. “No se puede separar la causa de una emoción del mundo de las relaciones, nuestras interacciones sociales son las que mueven a nuestras emociones”.

De esta forma, se ha definido la inteligencia social como un conjunto de habilidades que permiten comprender a otros y actuar o comportarse en relación a otras personas, en forma sabia. Otros autores han expandido esta definición, definiendo la inteligencia social como la habilidad para juzgar correctamente los sentimientos, estados de ánimo y motivación de otros.

“La inteligencia social se ve en abundancia en el cuarto de los niños, en el campo de juego, en las fábricas y en los salones de venta. Pero escapa las condiciones estandarizadas formales del laboratorio de pruebas”. Esto decía Edgard Thorndike, el psicólogo de la Universidad de Columbia que propuso el concepto por primera vez, en un artículo publicado en Harper’s Monthly Magazine del año 1920. Este autor reparó en que tal eficacia interpersonal era de vital importancia para el éxito en muchos campos, en especial el del liderazgo. “El mejor mecánico de una fábrica”, escribió, “puede fracasar como capataz por falta de inteligencia social”.

En general, para enfrentar las demandas de la vida diaria y para trabajar en pos de las tareas de vida, los individuos hacen uso de una colección de estrategias de resolución de problemas y esquemas que en su conjunto constituyen el repertorio de inteligencia social de cada persona. De esta forma, el comportamiento es guiado por sugerencias y demandas provenientes del contexto situacional, sociocultural y personal. Es decir, los contextos situacionales y socioculturales sugieren metas que los individuos adoptan de acuerdo a sus creencias, deseos y experiencias, constituyéndose en tareas de vida.

Así, el campo práctico incluye la conducta que se manifiesta en el trabajo y en la vida cotidiana. Los aspectos ocupacionales consideran el saber cómo desempeñar eficazmente el propio puesto de trabajo, cómo promocionarse en él y cómo realizar la mayoría de las tareas que este implica.

En resumen, los componentes de la inteligencia emocional pueden organizarse en dos amplias categorías: la conciencia social, lo que percibimos sobre los otros, y la facilidad social, lo que hacemos en consecuencia con esa conciencia.

Neurociencia

Recién ahora, la inteligencia social se ha relacionado a la neurociencia y se comienza a ubicar zonas del cerebro que regulan la dinámica interpersonal. Esta dinámica apela a sistemas nerviosos muy apartados de aquellos que manejan exclusivamente las habilidades cognitivas, como la inteligencia general.

El camino que siguen los circuitos sociales del cerebro, transcurre por zonas a las que no tienen acceso directo las palabras o los pensamientos. Ver a alguien sufriendo un desmayo en la calle, genera una serie de reacciones en cadena. Las personas que están más cerca del accidentado se preocupan de él, lo recogen y le preguntan cómo está. Los que ven la caída desde cierta distancia, avisan a los guardias y buscan ayuda.

Estas acciones tienen hoy una explicación que va más allá de las emociones, se apoya en la biología del ser humano. Con tomografías cerebrales, científicos de la U. de Parma (Italia) descubrieron las llamadas neuronas espejo en experimentos con monos, a inicios de los noventa. Son neuronas que se activan tanto al ejecutar una secuencia de movimientos como al observarla en otro sujeto.

Las neuronas del individuo imitan como “reflejando” la acción de otro: así, el observador está él mismo realizando la acción del observado, de allí su nombre de “espejo”. Tales neuronas fueron primeramente observadas en primates, y luego se encontraron en humanos y algunas aves. En el ser humano se las encuentra en el área de broca y en la corteza parietal.

En los humanos, estas neuronas reaccionan al momento de ejecutar una secuencia de movimientos o cuando una persona desarrolla la misma actividad que ejecuta otro individuo. “Si muevo un dedo, las neuronas de una parte del cerebro se activan. Si veo a otro mover un dedo, la misma parte de mi cerebro reacciona, son las neuronas espejo las que reaccionan”, explica el doctor Fernando Morgado, experto en psiconeuroinmunología, disciplina que relaciona el aparato psíquico con el sistema inmunológico.

En el estudio de la neurociencia, se supone que estas neuronas espejo juegan un importante rol dentro de las capacidades cognitivas ligadas a la vida social, tales como la empatía y la imitación. De aquí que algunos científicos consideren que la neurona espejo es uno de los más importantes descubrimientos de las neurociencias.

Este tipo de neuronas nos permiten interactuar y comprender los mensajes implícitos. Su función es facilitar y hacer expeditas las relaciones entre humanos, pues “estas neuronas comprueban que nuestra biología está hecha y adaptada para que vivamos mejor en comunidad”, señala Jane Crossley.

Mientras más desarrolladas estén las conexiones entre estas neuronas, más sencilla será la adaptación, incluso entre diferentes culturas. “La neurona espejo es la base, el centro de la interacción social, de los sentimientos por el otro, la solidaridad, la compasión, el altruismo”, señala la doctora Crossley. Con ellas, se explica la ayuda espontánea entre personas y la necesidad de hombres y mujeres de vivir en sociedad, pues “cada vez que una persona recibe la atención de otra, lo que sea que esté haciendo está siendo emitido y condiciona a quien lo observa”, indica Morgado.

Otro de los alcances de la investigación con neuronas espejo tiene relación con la capacidad de predecir. Daniel Goleman, autor del libro “La inteligencia emocional”, afirma que estas neuronas detectan las emociones, el movimiento e incluso las intenciones de la persona con quien hablamos, y reeditan en nuestro propio cerebro el estado detectado, activando en nuestro cerebro las mismas áreas activas en el cerebro de nuestro interlocutor, creando un “contagio emocional”, o sea, el que una persona adopte los sentimientos de otra.

Por: Nureya Abarca.

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